Como que he estado muy gandul haciendo fotos, voy a intentar estarlo un poco menos a la hora de explicar un poco este encuentro de Santander.
Por suerte, uno de mis temores que era el carburante para el viaje, no fue ningún problema. El problema más bien estuvo en que todos los camiones que no se habían hecho a la carretera durante la semana, lo hicieron ese viernes. Seguro que en ningún otro día de mi vida adelantaré a tantos camiones.
Una vez llegas a la ciudad, te das cuenta que rebosa el buen gusto por su calles. Era una delicia poder admirar sus construcciones tan señoriales y unos parques que hacían sentir envidia. Como se puede apreciar, la naturaleza también puso lo suyo.

La cena del vienes fue en una taberna típica de Santander, de las que me gusta mucho a mi ya que por sus paredes y por sus vigas, puedes adivinar que han tenido mucha historia.
A la mañana siguiente, temprano, muy temprano, pero que muy temprano, nos tuvimos que levantar, para poder acudir a las minas del Soplao. Realmente son únicas y vale la pena acercarse por ellas si no se conocen aún. Allí nos equiparon con unas botas de pocero, casco de espeleología con luz, y un mono con capucha de color blanco, tal como ya habréis visto en las fotos. Como alguien dijo esa mañana, ese atuendo era el mejor antídoto a la lujuria. El paseo por la cueva fue muy interesante y muy bien llevado por los guías que nos acompañaron. Hubo tropezones, cabezazos (todos con casco), subidas, bajadas, chapoteos, pero todo muy divertido y llevadero. La única pena era no poder hacer fotos en su interior, y no poder compartir con vosotros lo que pudimos ver. Los que no estamos muy en forma, al día siguiente teníamos agujetas.
Ya fuera de las cuevas, nos sentamos a reponer fuerzas y a ver las fotos.

El entorno era un paisaje fabuloso, con todos los tonos del verde a nuestro alrededor, que atraía todas las miradas.

La comida la realizamos en un restaurante en Quijas. Este local también nos contaba que tenía mucha historia.


La comida, buena y generosa y muy típica de la tierra. Por suerte estábamos en un reservado y cuando se perpetró el Table Shoot, no pasamos vergüenza como en otras ocasiones, en las que veíamos las caras de extrañeza de otras mesas. Como se puede ver, en un comedor compartido, no habríamos pasado desapercibidos.

Además durante la comida, nos fuimos pasando relojes para probarlos. Algunos estaban en venta y fueron debidamente probados. En esta secuencia podemos ver la evolución.
Me lo pongo. No es un Panerai. ¿Cómo se abrocha esto?

Pues para no ser un Panerai, no queda nada mal y es PVD.
Y al final pasa lo que pasa, le sale la vena paneristi.

Luego nos dirigimos al hotel a reponernos un poco del madrugón, a ver el fútbol y a arreglarnos para la cena del sábado, pero esto ya vendrá en otro post.